Intervención del Presidente Juan Manuel Santos ante la plenaria del Parlamento Europeo

30/05/2018
La Intervención del Presidente Juan Manuel Santos ante la plenaria del Parlamento Europeo

 

Señor presidente Antonio Tajani y honorables diputados del Parlamento Europeo:

Me siento muy honrado al dirigirme a este cuerpo legislativo internacional, representante por excelencia de la democracia europea, para hablar de la paz y sus desafíos.

El domingo pasado, hace apenas tres días, se celebraron en Colombia las elecciones de primera vuelta para escoger a mi sucesor en la Presidencia de la República.

Allá estuvieron acompañándonos una comisión multipartidista del Parlamento Europeo –conformada por ocho eurodiputados– y una Misión de Expertos Electorales de la Unión Europea, quienes pudieron verificar la vitalidad, la pluralidad y la transparencia que hoy caracterizan a la democracia colombiana.

Dos candidatos obtuvieron la mayoría de los votos, y entre ellos decidirán los colombianos el próximo 17 de junio quién presidirá los destinos de la nación hasta el 7 de agosto del 2022.

Estas no han sido unas elecciones ordinarias, como no lo fueron los comicios parlamentarios del pasado mes de marzo.

Estas son las primeras elecciones, desde 1962 –es decir, en más de 55 años–, que tenemos sin la amenaza y la interferencia que representaba el conflicto armado interno con la guerrilla de las FARC, la más grande y más antigua del continente americano.

Fueron, además, las elecciones más seguras, más transparentes, con mayores garantías, con más observadores y –lo que es más importante– con la mayor participación de nuestra historia. Lo dicen hasta mis más acérrimos opositores.

Ver a Rodrigo Londoño –antes alias ‘Timochenko’, excomandante de las FARC y hoy jefe de su partido político–, votando por primera vez, lo dice todo.

Eso –señores diputados– hace la gran diferencia, y por eso esta vez las discusiones de los candidatos se centraron en temas como la educación, la salud, las pensiones, la seguridad ciudadana y los impuestos, y ya no –como había ocurrido por tantos años– en la guerra absurda que sufríamos.

No vengo a decirles que Colombia ha alcanzado ya la paz completa, porque no es así.

Sigue vigente la amenaza de una última guerrilla, mucho más pequeña que las FARC, el ELN con la cual sostenemos actualmente diálogos de paz en La Habana, y subsisten grupos del crimen organizado dedicados al nefasto negocio del narcotráfico.

Pero el logro de la desmovilización y desarme de las FARC, y su constitución en un partido político –sin perjuicio de que sus líderes y principales responsables deban someterse a un proceso de justicia transicional– ha cambiado el panorama y la perspectiva de nuestro país de una manera fundamental.

Y, sea quien sea mi sucesor, este avance hacia la paz es definitivo. Es irreversible. No solo porque así lo dispuso nuestra propia Corte Constitucional, sino porque es la palabra empeñada del Estado colombiano. Es también un compromiso con la comunidad internacional. Nunca en la historia de las Naciones Unidas, por ejemplo, el Consejo de Seguridad había aprobado por unanimidad tantas resoluciones a favor de un proceso. Porque como lo dijo el Secretario General Guterres en la última Asamblea, Colombia es la única buena noticia que tenía hoy el mundo. Pero es irreversible sobre todo porque nadie quiere volver al horror de la guerra.

Señores diputados:

En un mundo en el que la intolerancia y la confrontación entre sociedades y naciones sigue siendo una constante, es una gran noticia que en Colombia –un país con 50 millones de habitantes y todo el potencial para aportar positivamente a la humanidad– se haya logrado terminar un conflicto armado que dejó más de 8 millones de víctimas y más de 270 mil muertos.

En un mundo en el que algunos siguen privilegiando la opción armamentista sobre el diálogo y la convivencia, es bueno poder contarles que las armas que empuñaron tantos colombianos contra colombianos están siendo hoy convertidas en monumentos a la paz.

Porque sin paz no hay sociedad que pueda alcanzar un verdadero desarrollo.

Hace algo más de dos semanas, en el convento de Asís, en Italia, tuve la grata oportunidad de entregar a la canciller alemana Angela Merkel la lámpara de la paz que le otorgó la comunidad franciscana, un reconocimiento de alto simbolismo que también tuve el honor de recibir en el año 2016.

Ese día recordé –como quiero recordar hoy aquí– el legado de convivencia que representa la Unión Europea para el mundo.

Bien lo resumió el Comité Noruego cuando les concedió a ustedes en 2012 el Premio Nobel de Paz: su más importante logro ha sido la exitosa lucha por la paz y la reconciliación, y por la democracia y los derechos humanos.

En esto Europa ha sido un ejemplo, y ese ejemplo debe seguir iluminando el camino de la humanidad.

Porque solo la paz y la reconciliación, solo la democracia y el respeto por los derechos humanos, pueden contrarrestar la dañina influencia del nacionalismo, del fundamentalismo, del racismo, del populismo y la intolerancia.

7:30 Y no imagino mejor escenario que este para agradecer a la Unión Europea –y a las naciones que la conforman– por su apoyo decidido y permanente a nuestro proceso de paz, y a esta fase compleja que ahora enfrentamos, que es la del posconflicto.

Nos sentimos acompañados por la Unión Europea en la búsqueda del bien supremo de cualquier sociedad, como la paz.

8:00 Y apreciamos mucho el trabajo de su enviado especial Eamon Gilmore, no solo durante el proceso de negociación sino también ahora, en la fase de implementación del acuerdo.

Hace año y medio, en Bruselas, se creó el Fondo Fiduciario de la Unión Europea para apoyar el posconflicto en Colombia, con un capital inicial de 95 millones de euros.

Ya se han comprometido cerca de 62 millones de euros en diversos proyectos, como el caso por ejemplo, de la comunidad indígena Nasa, al sur del país, que ya exportó, gracias a este aporte, su primer contenedor de café a Europa.

O el proyecto para pequeños agricultores en zonas recuperadas del conflicto, que han podido lograr la biocertificación de sus productos, con lo que sus ingresos se han incrementado en por lo menos un 15 por ciento.

La Unión Europea –además– ha ofrecido 400 millones de euros de cooperación reembolsable a través del Banco Europeo de Inversión.

Y ha comprometido otros 85 millones de euros en programas de cooperación para el desminado humanitario, el desarrollo sostenible, la lucha contra el cambio climático, la innovación, la tecnología, la educación, los derechos humanos…

Miren este dato tan alentador: gracias al fin del conflicto armado con las FARC, y a la cooperación internacional que ustedes nos están brindando, Colombia pasó de ser el segundo país con más víctimas causadas por minas antipersonal, al décimo, y vamos de para abajo.

Teníamos 673 municipios sembrados con minas antipersonal y ya hemos podido declarar a 225 –la tercera parte– como libres de sospecha de minas. ¡No se imaginan lo que eso significa para los campesinos de esas veredas que ahora pueden recorrer su tierra y trabajar sus parcelas sin miedo!

Y esperamos llegar al año 2021 siendo un país libre de minas.

Así vamos avanzando –con dificultades, por supuesto, pero con paso firme y de la mano de la Unión Europea– en la construcción de la paz que sigue a la firma del acuerdo de paz.

Porque una cosa es acallar los fusiles y frenar el desangre y las muertes derivadas del conflicto. Y otra tarea, aun de mayor envergadura, es la reconciliación de los corazones y garantizar oportunidades de progreso a millones de familias que sufrieron las consecuencias de la violencia.

Solo así se puede consolidar una paz estable y duradera. Y en este propósito Europa ha sido un gran aliado de Colombia. Ustedes, Europa ¡Gracias por su acompañamiento y por su respaldo!

Nuestro país ofrece a la comunidad internacional, en retribución, un modelo exitoso de proceso de paz.

En un mundo lleno de conflictos sin resolver, el proceso de paz de Colombia se ha convertido en un laboratorio que puede ser útil para intentar soluciones en otros escenarios.

El nuestro fue un proceso sui géneris porque no se limitó a establecer las condiciones para la terminación del enfrentamiento armado –como es lo usual–, sino que se enfocó en hacer valer los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición, y en implementar planes de desarrollo en las zonas más afectadas por el conflicto.

Es decir: más que un pacto de fin de la guerra, fue un pacto de humanidad, y de desarrollo más justo e inclusivo, que se centró en las víctimas de esa guerra.

El acuerdo de paz establece un sistema integral para la satisfacción de los derechos de las víctimas que incluye una Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, una Unidad de Búsqueda de Desaparecidos, y un sistema de justicia transicional que –los expertos dicen– es modelo para el mundo.

Es la primera vez que se hace un arreglo de paz bajo el Estatuto de Roma.

En todo proceso de paz uno de los aspectos más difíciles es armonizar la exigencia de la sociedad para que haya justicia –es decir, sanción– con el anhelo de la misma sociedad de que se detenga la confrontación. ¡El eterno dilema entre justicia y paz!

Nuestro reto era lograr un sistema de justicia transicional que garantizara el máximo posible de justicia sin sacrificar la paz, respetando nuestra Constitución y los tratados internacionales, como el Estatuto de Roma. Y creo que lo hemos logrado.

Ahora Colombia avizora un nuevo amanecer, un futuro mucho mejor sin el lastre del conflicto armado. Pero sabemos que es apenas el principio de un largo camino.

Además de la implementación del acuerdo de terminación del conflicto con las FARC –que de por sí es larga y compleja–, tenemos por delante otro reto –un reto inmenso–: construir paz en las mentes y corazones de los colombianos, acostumbrados por tanto tiempo a odiar y descalificar al adversario.

Nos duelen los asesinatos de líderes sociales, de defensores de derechos humanos, de representantes de las víctimas, de excombatientes, que han ocurrido luego de la firma del acuerdo de paz, y quiero asegurarles que el Estado colombiano está comprometido en aclarar estos casos y en frenar esta situación.

Creamos –y está funcionando– una Comisión Nacional de Garantías que yo mismo presido, para coordinar entre las diversas instituciones las acciones de protección a las comunidades y sus líderes.

Se han esclarecido ya más del 40 por ciento de los casos denunciados ante la Fiscalía General de la Nación, y estamos decididos a seguir avanzando para que se castigue a los responsables y para que no se produzcan más asesinatos.

Ese es hoy nuestro mayor desafío como sociedad: aprender a reconocer al otro, aprender a convivir dentro de la diferencia, aprender a procesar las disputas sin violencia, algo en lo que ustedes –en Europa– han avanzado positivamente.

Yo soy optimista, porque sé que los valores de la unidad, del amor, la tolerancia y la compasión son más poderosos que los contravalores del miedo, del odio, de la venganza y la exclusión.

Esta es una verdad universal, aplicable no solo en Colombia sino en todo el mundo, por ejemplo frente al combate al terrorismo o el manejo de la crisis de los migrantes.

Lo dije cuando recibí el Premio Nobel de paz, y hoy quiero repetirlo en este auditorio emblemático de un continente que ha dado al mundo una lección de unidad dentro de la diversidad:

Los seres humanos tenemos que comprender que –más allá de todas las diferencias, más allá de todos los matices– al final somos un solo pueblo y una sola raza: de todos los colores, de todas las creencias y de todas las preferencias.

Nuestro pueblo –señores diputados– se llama el mundo.

Y nuestra raza se llama… ¡humanidad!

*****

No puedo dejar de hacer referencia a un problema que nos concierne a todos: el narcotráfico.

El conflicto colombiano hubiera terminado mucho antes sin el combustible que significó el negocio de las drogas ilícitas.

Este negocio maldito está detrás de la violencia, la corrupción y el crimen en casi todo el planeta, y tenemos que reconocer que la llamada Guerra contra las Drogas –que lleva más de medio siglo– declarada por las propias Naciones Unidas, no la hemos ganado ni la estamos ganando.

Lo digo como representante de una nación que ha sido tal vez la mayor víctima de este negocio sangriento, que nos arrebató a nuestros mejores soldados y policías, a nuestros mejores jueces y periodistas, y a grandes líderes políticos.

La forma como se está librando la guerra contra las drogas es igual o incluso más dañina que todas las guerras juntas que hoy se libran en el mundo. Por eso no solo es indispensable, no solo es razonable, sino que es urgente cambiar nuestra estrategia.

Tenemos que buscar la forma de golpear con mayor eficacia los eslabones más fuertes de la cadena –a las grandes mafias, a los que lavan activos y producen insumos–, en lugar de seguir persiguiendo a campesinos cultivadores o a los mismos adictos. Hay más personas en las cárceles de Estados Unidos por delitos relacionados con el narcotráfico que toda la población carcelaria de Europa.

La política antidrogas con un enfoque exclusivamente punitivo y represivo ha fracasado.

Mientras no encontremos estrategias comunes más efectivas, el negocio de las drogas seguirá minando la salud de nuestros jóvenes, la moral de nuestras sociedades y la gobernabilidad de nuestros países.

Señor presidente; apreciados diputados:

He venido a Estrasburgo, a la sede del Parlamento Europeo, a compartir con ustedes la realidad de Colombia y a agradecerles, de corazón, por su apoyo a nuestro presente y nuestro futuro.

Entre Europa y Colombia, entre Europa y América Latina hay cada vez más lazos y menos barreras.

En agosto se cumplirán 5 años de aplicación del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Colombia que ha beneficiado a nuestras economías y fortalecido nuestros lazos comerciales y de inversión.

Y también quiero reconocer y agradecer el gran paso que se dio al eximir a los colombianos del requisito de la visa Schengen, lo cual ha contribuido a que haya más turismo, más negocios, más integración entre Colombia y Europa, y más dignidad para los colombianos.

Les doy solo este dato: mientras en el año 2015 viajaron 340 mil colombianos a países del espacio Schengen, el año pasado lo hicieron más de 550 mil.

Ese es el mundo que queremos: un mundo con más puentes y menos muros, un mundo solidario donde florezcan la amistad y la cooperación, un mundo de brazos y corazones abiertos.

Y hablando de cooperación e integración, esta misma tarde, en París, firmaré con el secretario general de la OCDE, delante del Presidente Macron, el acuerdo que protocoliza la decisión de esta organización de admitir a Colombia como su miembro número 37.

Este es un logro muy importante, que comparto con las naciones europeas que avalaron y apoyaron nuestro ingreso, y que garantizará que nuestro país cumpla los más altos estándares en prácticas de gobierno, en políticas económicas y sociales.

Somos además el primer Estado de América Latina en convertirse en esa categoría que se llama: socio global de la OTAN, que mañana formalizaré en Bruselas.

Entrego a mi sucesor –en algo más de dos meses– un país sin conflicto armado con las FARC; un país con menos pobreza, con más igualdad y más empleos; un país con más y mejor educación, con un sistema de salud que ahora tiene cobertura universal, con mucho mejor infraestructura y un país comprometido con el cuidado de nuestra extraordinaria biodiversidad.

¡Qué bueno poder dejar este legado!

Termino recordando las palabras de Robert Schuman en su famosa declaración de 1950:

“La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan”.

En Colombia y en Europa estamos haciendo esos “esfuerzos creadores” y por eso hoy estoy aquí, ante ustedes, para ratificar nuestra voluntad de trabajar por la paz y para decir gracias, ¡muchas gracias!, al generoso pueblo europeo.

Muchas gracias.

 

 

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